viernes, abril 27, 2007

La Razón: ¿Quién necesita un tranvía?





¿Quién necesita un tranvía?

¿No querías talante? Pues dos tazas. Mariano Rajoy es el prototipo del político que nunca le quitará la voz a su adversario. Que sólo insultará en legítima defensa. Que no recurrirá al juego sucio ni a la tampa abyecta. Bien se pudo advertir en su intervención televisiva de esta semana, que ha situado al presidente del Gobierno en una posición algo incómoda: del brazo con Ségolène y entonando cánticos nostálgicos contra los Estados Unidos.


José Alejandro VARA

avara@larazon.es

En Sevilla van a poner un tranvía. Como en Bilbao. Media ciudad está erizada de obras y de ira. Un caos de circulación y de convivencia. Los taxistas exhiben carteles contra el alcalde y los sevillanos, de todos colores y cofradías, fatigan sus tertulias con el monotema. Chapucillas improvisadas de última hora camuflaron el disparate durante la Semana Santa. Sin embargo, la obra interminable alterará, inevitablemente, el gran festejo anual de la Feria de Abril que mañana arranca. «¿Qué necesidad había de un tranvía?», se preguntaban en la noche del viernes los cientos de congregados en la presentación en sociedad de LA RAZÓN de Sevilla en los salones del señorial Alfonso XIII.

El alcalde Monteseirín, amable y complaciente, sonreía ante los invitados con franciscana paciencia. Pero no hay respuesta. Sevilla, convaleciente aún de la profunda crisis en que quedó sumida tras la Ezxpo de los milagros delirantes, está necesitada de miles de infraestructuras urgentes antes que de un tranvía. La ciudad del Guadalquivir sestea en un sopor melancólico y perezoso, mientras el resto de la ciudades andaluzas, como Cádiz, Málaga o Huelva, todas ellas con alcaldes del PP, muestran una vitalidad y un pulso envidiables. Sevilla está anclada en el 92. Y a su alcalde, lo único que se la ha ocurrido para despertarla es subirse al tranvía. En política, sólo vale lo que funciona. Lo que es útil. El tranvía de Monteseirín, que ha destrozado con sus contundentes catenarias el hermoso perfil de la calle de San Fernando (entre otros daños colaterales) no va a ser útil. Nadie lo necesitaba, nadie lo reclamaba. Pero algunos políticos fían a estos golpes de efecto el brillo de su gestión. Una cortina de humo para camuflar todas sus penurias.

Rodríguez Zapatero también tiene su tranvía. O sus tranvías. Esta semana ha desenterrado la Ley de la Memoria Histórica, que la vicepresidenta del Gobierno había reconducido a sus justos términos. Un tranvía que nadie reclamaba y que carece de mayor utilidad que dar satisfacción a sus socios de IU para que engorden sus arcas mediante compensaciones sin pruebas documentales por sus bienes incautados. Y, sobre todo, ha vuelto a poner en circulación el lacerante agravio de dividir a las víctimas entre buenas y malas según el color de la cuneta en la que tuvieron la desgracia de caer durante la guerra civil. Un tranvía inútil, cargado, además, de viejos rencores ya superados. Un tranvía torpemente repescado del hangar de la historia para movilizar a una parte del electorado más indolente o decepcionado.

El tranvía de Rodríguez Zapatero no es una anécdota. Es un obús contra la convivencia democrática arduamente tejida mediante los consensos de la transición. Contra todo lo que defiende el sincero y razonable discurso con el que se presentó Mariano Rajoy ante sus ofuscados y avinagrados interpelantes en TVE esta semana.

Seis millones de españoles asistieron a un loable ejercicio de sensatez y sentido común. Y comprobaron que, pese al empeño de la propaganda de Ferraz y Moncloa por encolomar al PP el estigma de la «derecha extrema», resultó que su líder es un político tranquilo y mesurado. «Una persona normal», como se autodefinió en varias ocasiones. Una frase que ha desestabilizado a los estrategas del PSOE, empeñados desde hace semanas en agitar el espantajo pútrido de la guerra de Irak.

Mariano Rajoy nunca se ha apartado, ni en sus mensajes ni en sus hechos, del diálogo y del consenso. Aunque le quieran empujar a un lado y a otro esos inductores ideológicos que pululan tanto en sus filas como en determinadas tribunas. Rajoy ha tendido su mano al presidente del Gobierno tantas veces como ha sido necesario. No se ha manejado con más norma que una prudente sensatez y un nada disimulado espanto a la confrontación gratuita o al radicalismo de aparador. «¿Por qué tenemos que esperar hasta junio para restablecer los puentes de la convivencia?», respondió a la taimada oferta del dialogante Zapatero. Y así, uno tras otro, el líder de la oposición desarboló en tan sólo dos horas todos los tranvías inútiles en los que el actual Gobierno basa su gestión.

El sueldo de Rajoy

El Gobierno pretende que Rajoy pague el café de Zapatero. Y por eso está empeñado en saber a cuánto asciende su nómina. Un dislate. Mariano Rajoy, como todos los españoles, tiene retratados públicamente sus ingresos en la declaración de la renta. De modo que el Gobierno lo tiene bien fácil. Nada hay oculto ni opaco. Por eso, el empeño del Gobierno en juguetear con la imagen de que el líder de la oposición no tiene sus bolsillos transparentes resulta de una indigna zafiedad. El PSOE tiene un pasado bien reciente de corrupción y trampas. Por eso perdió el poder. Más que por el pestífero GAL. Memoria histórica. Buscarle las cosquillas a Rajoy con estos asuntos demuestra que Rajoy les hizo en televisión mucho más daño del que se imagina.